Urkullu comete un grave error oponiéndose a la decisión de Pedro Sánchez de no renovar el Estado de Alarma

URKULLU COMETE UN GRAVE ERROR OPONIÉNDOSE A LA DECISIÓN DE PEDRO SÁNCHEZ DE NO RENOVAR EL ESTADO DE ALARMA

Queriendo adoptar una postura de prudencia, el Lehendakari consigue justo lo contrario: quedar en entredicho con una imperdonable exhibición de su debilidad como líder político. En primer lugar, porque la decisión de Moncloa es firme y está basada en necesidades de estrategia electoral que -gusten o no gusten- resultan de vital importancia para el partido en el poder. La batalla por Madrid, que comenzó a finales del verano pasado con el enfrentamiento entre el Ministro de Sanidad Salvador Illa y la Presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso en torno a las normativas sanitarias del Covid-19, decidirá quién gobierna España. Por lo tanto, Urkullu haría bien en mantener un prudente silencio, esperar acontecimientos y adaptar su discurso a las contingencias del día a día en lugar de aventurar un juicio global que compromete su credibilidad en función de decisiones que, en fin de cuentas, no van a ser tomadas por él.

Además de lo dicho, se supone que el Presidente del Gobierno, por su contacto con expertos internacionales, mandatarios extranjeros, organizaciones transfronterizas e interlocutores de la industria farmacéutica, está más al cabo de la situación que un humilde presidente autonómico. Si Sánchez anuncia que no piensa renovar el Estado de Alarma, no hay motivo para tocar a difuntos las campanas de una ermita de pueblo. Es más, existen motivos fundados para suponer que nos encontramos en la recta final de la pandemia. El virus está agotando su ciclo vital. Los deficientes sistemas de control de la pandemia, basados en el cuestionable termómetro de la Incidencia Acumulada, contribuyen a acelerar el final de la crisis. De aquí a 8 semanas, cuando las pruebas PCR y de antígenos hayan terminado de extenderse a la mayor parte de la población, al no haber ya muchos más casos nuevos que descubrir, las curvas experimentarán un brusco desplome, para no volverse a recuperar jamás. Y todo habrá terminado. Es preciso estar preparados para ese momento.

En ciertos círculos del Nacionalismo Vasco, compuestos por una militancia abnegadamente leal, pero bastante desinformada, impera todavía el cliché de que los vascos son los listos y los españoles los tontos, cuando en realidad hace ya tiempo que las tornas se dieron la vuelta y comenzó a suceder justamente lo contrario. No nos damos cuenta de ello porque la autocomplacencia vasca nubla el entendimiento de muchos desde hace años.

Y ahí está precisamente nuestro mayor defecto. El sistema político vasco es de andar por casa, provinciano, muy limitado en su comprensión del mundo. Hace tiempo que perdió su conexión con las realidades contemporáneas y globales y es precisamente de esto de lo que se derivan nuestros mayores riesgos de cara al futuro. En lugar de rasgarse las vestiduras, buscarse jaleo con los hosteleros y prohibir las mascarillas de grafeno, el Lehendakari debería hacer algo útil como por ejemplo ocuparse de nuestra maltrecha economía.

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